En tiempos modernos…

…los molinos son otros, pero el viento es el mismo.
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No se trata de descubrir un nuevo mundo, pero sí inquietar la presuntuosidad de nuestra certeza.
Creemos tan firmemente en lo que vemos que despreciamos lo que se oculta a nuestra mirada… y erramos.
Quizás sea el mundo tal como lo percibimos… ¡quizás!
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Cuando se imagina sobre un lienzo, cuando se regulan sus complicadas relaciones sociales, económicas, técnicas, políticas…
Cuando se implantan las redes de servicios, las infraestructuras… cuando se construyen las edificaciones…
Cuando se vive y se contempla, se sueña, se habita…
¿En qué momento se construye la ciudad que habitamos?
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Pero, ¿es tan extraña la geometría de los arquitectos?
¿No es muchísimo más inexplicable la geometría de, por ejemplo, una flor?
¡Cuánta fascinación en la bella composición de una flor!
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¿Qué observa la mirada del arquitecto?
¿Qué imagina? ¿Qué sueña?
Fantasea con formas, extrañas geometrías… juega con luces.
¿Qué construye? ¿Vacíos o sombras?
Y, alguna vez, sí, nos hiere con su geometría pura, insensible y calculada.
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Empeño vano, acotar la eternidad a nuestra escala.
Imperceptible nuestra huella en el tiempo… y nos esforzamos en perdurar más allá de los sueños.
Lentamente transcurre el tiempo, lentamente… y hemos querido asir, inútilmente, su esencia.
Como el aire entre nuestros dedos, escapa cada hora de nuestro pensamiento.
Fragmentamos un día, fragmentamos una hora, un minuto…
Perdidos quedan los tiempos que no nos pertenecen; fugaces y acumulados en el mismo destino, el olvido.
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-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
Porque respetar las tradiciones, comprendidas y asumidas como propias, también es una muestra de cultura y recuperación de la memoria y de la historia.
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Tratado sobre la autoridad
Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar.
La autoridad se apoya antes que nada en la razón.
Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución.
Yo tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.
El principito. A. de Saint-Exupéry
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Resulta muy sorprendente descubrir cómo cambian determinadas actitudes en las personas de nuestro entorno cuando tomamos una decisión.
La interacción con el medio que nos rodea es incesante. Imperceptiblemente asumimos los cambios continuos… nos pasan desapercibidas por naturales, inherentes a la propia naturaleza.
Sin embargo, cuanto más nos alejamos de lo estrictamente natural, cuando nos adentramos en el sofisticado y civilizado mundo de las convenciones culturales, de las pautas y códigos de comportamiento sociales, más percibimos esa alteración de costumbres y hábitos.
Como anécdota quisiera dejar constancia de un reciente descubrimiento:
Personas con las que tenía un trato natural, de cortesía civilizada, es decir, personas con las que intercambiaba saludos en la más estricta corrección social, ese gesto ha dejado de producirse a raíz de mi reciente decisión de integrarme en una candidatura, en este escenario de renovación de cargos de la Junta de Gobierno del COAMU.
Y lamento la fragilidad de este mundo de convenciones sociales, donde el inocente gesto se rompe al menor roce con una convicción íntima y personal.
Y pienso en el secreto que el zorro le revela al Principito: Lo esencial es invisible a los ojos.
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Esta es una pregunta retórica, porque quien la formula tiene la respuesta, pero trata de inquietar al interpelado.
Ignoro a quién puedo recordar, ni por mi comportamiento, ni por mi actitud, ni por mi carácter… si no es a mí mismo. Sin embargo, todo resulta mucho más fácil de comprender si somos capaces de encasillar (“etiquetar”) todo lo que nos rodea.
Quizás por eso resulta ya tan sorprendente releer estas palabras que, sobre el conocimiento y el afecto, constituyen todo un tratado por su sencillez.
Algunos las recordaréis; se trata del diálogo entre el Principito y el zorro.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…
-Ciertamente -dijo el zorro.
- ¡Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zorro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella… -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa…
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